La Caza de la Serpiente: Capítulo 12

La Caza de la Serpiente Capítulo 12

El sol cargaba su trayectoria con el peso de las horas, descendiendo hacia el oeste, pasada la media tarde. En una loma, Nuño de Oca buscaba respuestas en el horizonte. Allí plantado, encarando a la nada, cansado de cargar con su maltratado cuerpo, dejaba que las nubes no fuesen más que tiznajos blancos sobre un lienzo que se iba tornando añil, que los pequeños bufidos de un extenuado dios del viento mesaran sus cabellos, y que una gruesa hilera de hormigas delimitase la frontera entre la cordura y lo irracional ante sus pies. Nada más había ante él, salvo otra lejana colina, gemela a la suya, matorrales, y un ave rapaz que volaba demasiado alto para dejar de ser un punto en el aire.

Habían cruzado el Duero sin demasiados problemas ni excesiva conversación, seguido el Riaza hasta su afluente el Hociquilla, acompañándolo al interior de la península. No se encontraron un alma en todo el trayecto. Los dos jinetes, taciturnos, habían padecido la oscura tensión que se desplegaba alrededor. Grañón nunca había osado adentrarse en Al-Andalus, y parecía no haber dejado de arrepentirse a cada paso que había dado su montura. Su grosera jovialidad se había quedado al otro lado del primer puente.

Con el ceño fruncido y la mano en el arma, había prestado oídos y olfato al entorno, convencido de que detrás de cada árbol les estaba acechando la muerte. Aquellos no eran sus bosques. Le dolían los dientes de tanto apretarlos por contener los nervios. Ni siquiera cuando cambió el terreno y dejó de ser lo bastante frondoso como para ocultar a un puñado de ladrones con sed de oro y sangre, para convertirse en un llano yermo, desistió de temer una emboscada. Nuño de Oca, en cambio, no se había mostrado inquieto en todo el día. Obviamente, también había tenido presentes todas las posibles e inoportunas interrupciones que un lugar desconocido y peligroso poseía, pero era el maldito homicida su preocupación más inmediata.

Habían visto la colina no muy lejos del lugar en el que había sido encontrado el cadáver, en un retazo de hayedo, escasa mancha verde a un lado del camino que llegaba a Ayllón, y con paso fatigado, la había subido. Grañón le había seguido, entre confuso y fastidiado, a cierta distancia. No se habían dejado ver en exceso en el pueblo, si es que se le podía llamar así, pero sí lo suficiente para descubrir que nada se sabía y a nadie le interesaba, lo que por otra parte no era de extrañar, a sabiendas de que en aquella comarca no había más ley que la que cada uno supiera imponer con su espada.

No era el villorrio lugar ideal de parada y fonda nada más que si el destino era el infierno; lejos de las buenas rutas, a un lado la calzada romana de Mérida a Astorga, la Calzada de la Plata o de Quinea, y al opuesto, el camino del Henares-Jalón que llevaba al valle del Ebro, sólo llegaban aquí los que cruzaban el paso de Somosierra y se dirigían a territorio cristiano ahorrando contactos humanos. Tuvieron la extraña sensación de que el lugar les resultaba conocido; y fue esa familiaridad lo que les pareció a los dos hombres tan desagradable, como si, indefectiblemente, estuviesen donde merecían. Apenas hubieron probado un poco de vino rancio y aguado se marcharon a inspeccionar los alrededores en busca del punto exacto dónde se habría cometido el homicidio, guiados por unas vagas indicaciones.

El infanzón no estaba irritado consigo mismo, sino triste. Parecía haberse contagiado del mustio paisaje deforestado, convertido en pasto para un ganado que nunca llegaba, bajo el sol que languidecía. Entonces los vio, en el repecho gemelo, jinete y caballo, negros como la pupila de un halcón, el animal guardando las espaldas del hombre que, a pesar de la distancia, le miraba fijamente a los ojos. Era un árabe. Nuño quedó petrificado, sujetado de pies a cabeza por una fuerza más grande que el mundo, mudo espectador de cómo el otro empezaba a montar una flecha en su arco, un arco enorme, y tensaba la cuerda sin apartar la vista de él. Le apuntó.

—Grañón —logró decir, esbozando una advertencia, o pensó que lo había dicho, pues el sonido de su voz lo escuchó más dentro de su cabeza que en sus oídos. Éstos no percibieron otra cosa que el vibrar de la cuerda al ser soltada y el agudo y penetrante silbido que provocó la flecha al horadar el espacio. El segundo más largo de su vida, dilatado hasta la extenuación psíquica. Luego, un choff tras él, seguido de un intento de gruñido y el ruido sordo que hace un cuerpo al caer. Cuando volvió la cabeza encontró a Grañón tendido, con la saeta atravesándole la garganta. Esgrimía su cuchillo desenvainado y una estúpida mueca de fastidio. La daga del bandido estaba manchada de sangre. Entonces, al moverse, Nuño sintió el dolor entre los riñones, y comprendió. El musulmán acababa de salvarle la vida.

Se palpó como pudo la herida y comprobó su levedad —la hoja apenas había penetrado en su carne, y lo había hecho desviada, afortunadamente—. No podía dejar de mirar a Grañón, buscando alguna lógica en su acto. Sin duda, viéndolo tan ensimismado en la contemplación paisajística, había considerado que era el momento ideal para atacarle, pero ¿por qué? No tuvo tiempo de formular hipótesis al respecto. El prodigioso arquero había llegado junto a él.

—¿Estáis bien? —preguntó en un perfecto castellano falto de acento.

—Supongo que sí, gracias a vos —respondió con frialdad, y señalando hacia Grañón—. Buen tiro.

—Era complicado pero no imposible. ¿Sois castellano?

—En efecto, mi nombre es Nuño de Oca, infanzón de Castilla.

—Yo soy Ahmed Adja, al-Barraz al servicio de Dalaf ibn Muhmmad al’Amirí, qa’id de Toledo.

Nuño, perplejo pero dispuesto a luchar, examinó al recién llegado. Alto y fuerte —le llevaría la cabeza y veinte años menos—, moreno, vestido sencillamente de negro, la cabeza cubierta con un turbante al modo bereber y larga y espesa perilla circundando sus labios. Sonreía con la mirada; cuando lo hacía su boca, ésta se llenaba de dientes blancos y brillantes. Sus dedos eran largos y delgados, pero en absoluto frágiles. Podía haber pasado por un poeta de la corte del califa, sin embargo, nada había en aquel hombre que denotara endeblez, sino que despedía sutilidad y respeto. Intimidaba su esbelta figura en medio de aquel entorno salvaje.

—¿Y bien? —habló Nuño, impaciente por la inacción.

—¿Y bien qué, señor?

—¿Qué vais a hacer ahora?

—Supongo que buscar un sitio acogedor para descansar. La noche se nos viene encima.

—Que me desollen si os entiendo, ¿pues no soy un enemigo vuestro o qué?

—No, que yo sepa; vos no me habéis hecho nada.

—Pero sois árabe...

—Sirio, en realidad.

—Pero...

—Bah, señor infanzón, dejaos de tonterías. No voy a luchar con vos a menos que sea eso lo que andáis buscando. Pero os advierto, soy un duelista profesional, casi seguro el mejor, ninguna arma me es desconocida y en todas soy virtuoso. Si hubiera querido mataros lo habría hecho antes. Ni soy soldado ni tengo enemigos, sino contrincantes; sólo lucho en desafío, cuando se amenaza el honor de mi señor, o si lo considero oportuno, para salvar una vida, como ha sido vuestro caso.

—Increíble filosofía la vuestra. Sois un mercenario muy sutil.

—Mercenario es una palabra muy fea, llena de connotaciones negativas. Habéis de saber que el mío es un oficio totalmente digno, restringido a unos pocos, y tan respetable como el de un juez.

—No pretendía ofenderos.

—Palabras ignorantes no ofenden. ¿Queréis acompañarme esta noche? Compartiremos la poca caza que he cogido, unos tragos de vino y una charla amigable.

—Con franqueza, no se me ocurre nada que objetar. Es más, acabo de pensar que me gustaría haceros unas preguntas... —y dicho lo cual, ignorando al que hasta hacía un momento había sido su compañero de fatigas, y al punto traidor, dio media vuelta y siguió al sirio, pensando si no se habría vuelto loco.

Cenaron como dos viejos compañeros, divagando entre bocados, combinando el vino con las bromas, y por fin, al vapor de una infusión de hierbas preparadas por Ahmed Adja, quiso el sirio saber qué hacia un guerrero de don Sancho tan lejos de casa. El de Oca le contó, en tono tranquilo, como si se tratase de una confesión, todo lo sucedido desde su desagradable descubrimiento hacía tres semanas en Caleruega.

Tres semanas que en aquel instante se le antojaban trescientos años, y lo vivido hacía tan poco tiempo sonaba en su boca como la vieja historia de algún antepasado. Ahmed Adja se mostró preocupado ante las descripciones de los crímenes, y su faz se fue tornando sombría a medida que Nuño desgranaba los horrores vistos y descubiertos. Una vez concluido el relato, apuraron la bebida y se dejaron amamantar por el sonido ambiente de la pradera, callando. Tras un minuto de extático mutismo, le contó esto a Nuño:

—Por desgracia, esa forma de matar no me resulta desconocida, pues en Toledo, hará ya cuatro meses, un desconocido irrumpió en casa de una anciana sexagenaria que vivía sola y la ató, mató, violó y robó. La señora no era nadie, una vieja viuda de un vinatero, pero la conmoción en la villa fue increíble. La surta al completo salió a la calle en busca de culpables y aunque se detuvo el mismo día a mucha gente, no evitó que al día siguiente dos niñas, de siete y once años, desaparecieran de su casa. Para calmar la sed de venganza que el pueblo reclamaba se hubieron de adelantar muchas ejecuciones. No habían pasado ni cuatro días cuando en la cercana población de Alcalá de Henares se encontró estrangulada a una mujer mayor que regentaba un comercio de ricas telas, unas le fueron robadas y las otras incendiadas.

Aunque la habían matado de forma diferente que a la viuda, bastó un siniestro punto en común para provocar el pánico generalizado en la comarca. Ambas tenían un cabo de cuerda asomando por la boca. De nuevo se produjeron grandes muestras de dolor pero nada se consiguió averiguar. Reinó la tranquilidad en lo que tardó el homicida en llegar a Somosierra, pues allí acabó con la vida de otra mujer, estrangulada de igual forma que la anterior, esta ocasión ante el fogón de su casa, con su hijo de tres años de testigo. Desde la capital partieron muchos soldados, guardias y voluntarios; se organizaron precipitadas batidas por doquier, muchos inocentes fueron ajusticiados por la turba furibunda. Yo mismo participé en la persecución, pero después de lo de Somosierra, nada más se supo y las aguas volvieron a su cauce. Pero ahora que me habéis contado eso, por Alah, que no sé qué pensar...

Nuño de Oca estaba conmocionado. Hasta marzo parecían remontarse los hechos bárbaros de aquel hombre al que perseguía, un criminal al que ya no sabía aplicar comparación, tal vez con Satanás, pero eso hubiera resultado demasiado sencillo. Se sintió infinitamente inferior ante aquel que estaba trazando una irracional ruta de muerte que atravesaba la península de sur a norte. ¿Podría él hacer frente a semejante demonio? Dudaba, por primera vez, de sí mismo, de sus posibilidades.

—Es horrible que criatura semejante ande suelta. Da miedo saber que nadie en todo este tiempo ha sido capaz de atraparle, que haya que esperar a que mate de nuevo para saber dónde está...

—Dice el Corán que quien mata a un inocente es como si hubiese matado a la humanidad entera...

—Entonces debe ser el mayor homicida de la historia del mundo.

Con aquella sentencia se puso el punto y final a la velada. Los dos hombres se retiraron a sus mantas en silencio, procurando enterrar su inquietud con otros pensamientos más alegres, o simplemente dejando la mente en blanco bajo el titileo de las estrellas. Extraña jornada, vive Dios, murmuró Nuño antes de acostarse. Había perdido un acompañante, pero estaba seguro de haber ganado un amigo, pues entre hombres de armas la amistad surge así, como la chispa entre la yesca y el pedernal. Había cruzado al otro lado del Duero tras un vago rastro, y en vez de hallar datos reveladores daba con más cuestiones sin solución aparente. El sueño le vencía, y no opuso resistencia. Necesitaba la luz de un nuevo día para ver las cosas claras. Belfudo coceó la tierra, agitado por una pesadilla equina que sólo él podría entender.

Ahmed Adja sería el primero en despertar y se marcharía en silencio, como un fantasma, minutos antes de que el sol se incorporase a su faena diaria. Con el arco a la espalda, la espada en la silla y su equipaje distribuido en las alforjas que su negro corcel cargaba con sobria disciplina, se despidió con una ojeada a aquel hombre extraño, un verdadero guerrero, que Alah había puesto en su camino hacia Zamora. Mientras partía hacia la nueva yihad en representación de su señor, supo que el del día anterior había sido su último acto noble, que había otras guerras en curso, a diferente escala pero igual de terribles, y que esperaba no encontrarse en terreno enemigo con más hombres como Nuño de Oca. Sacudió las riendas y se alejó con un suave galope, que cualquiera hubiera confundido con los latidos del propio corazón. En el viento dejó escritas unas palabras, murmuradas al partir, deseando suerte al castellano en su cacería.

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