La Caza de la Serpiente: Capítulo 13

La Caza de la Serpiente: Capítulo 13

Podría pensarse que sólo los pueblos cristianos recelan del número trece por aquello de que este fue el número de comensales a la Última Cena, pero no es así. Si hay algo que todas las culturas tengan en común es su fobia a dicha cifra por ser sinónimo de mala suerte. Algo tendrá cuando es el único de los impares al que se le atribuye tan malos augurios.

El decimotercer día de julio cayó en quinta feria, Iovis dies, día de Júpiter, rey de los dioses y de los hombres, a cuya protección se acogieron numerosos emperadores romanos; tal vez por esto, las noticias que recibiera don Munio Fernández, Conde de Astorga, y tío de doña Inés de Fernández, que acababa de llegar a su palacete para llevarse consigo unos documentos y a la susodicha sobrina, no fueron tan trágicas como era de esperar, a pesar de encontrarse con una violación en el patio trasero de la casa. Roldán Égiva, su fiel criado, custodio de Inés y un poco prendado de ella, no podía mirarle a la cara mientras le refería lo sucedido. El conde, con sus noventa y tantos kilos y sus buenos cincuenta años largos, se retorcía en su sillón, notando la presión en su pecho una vez más, aquella pesadez que aparecía sólo con los disgustos, y que le impedía respirar con normalidad. El brazo izquierdo empezaba a hormiguearle y hasta llegaba a perder el sentido si no conseguía relajarse. Respirando tan profundamente como podía, y con los ojos cerrados, escuchó las desventuras de su oveja negra y el terrible desenlace que le refería Roldán.

—¿Cómo está? —interrogó el conde.

—Mejor, ahora duerme.

—¿Llamaste a un médico?

—Pues no... Yo... esperaba vuestras instrucciones...

—¡Pedazo de animal! Que llamen enseguida a una matrona, o algo. ¿Cómo ha podido pasar algo así? ¿Puedes explicármelo?

—Ha sido ese monje... Ya os lo he dicho... Trabó amistad con doña Inés y se aprovechó de ella para conocer la disposición de la casa y de los guardias...

—¿Y te quedaste de brazos cruzados mientras ese canalla andaba por mi santa casa impunemente?

—Yo... Doña Inés...

—¡Por todos los santos y los mártires! —Munio Fernández tuvo que callar para recobrar el aliento y calmar su corazón—. ¡Por qué me haces esto! ¡Yo, que te he vestido de pies a cabeza! ¡Debería hacerte rapar la cabeza y azotar doscientas veces por tu incompetencia!

—Aceptaré lo que dispongáis.

—Bah, cállate. Me asquea tu actitud tan servil. A veces pienso que tienes autentica naturaleza de esclavo... ¿Has ordenado prender a ese monje?

—Sí, pero parece que ha desaparecido. Hasta ayer estuvo alojado en San Andrés, pero se esfumó esta madrugada sin dejar rastro.

—En mi propia casa, Roldán, en mi propia casa. ¿Te das cuenta de cómo quedo yo ante algo así? ¿Con qué cara me presento al rey mañana? Escúchame, quiero que lo atrapes, con toda la discreción posible, y que le saques la piel a tiras...

—En cuanto a su sobrina...

—Yo me encargaré personalmente. Esta vez se ha excedido.

—Yo quisiera...

—Nada, Roldán, no quieres nada. Desaparece de mi vista antes de que me dé un ataque o vaya por mi espada.

Roldán, sumiso, abandonó el salón por una puerta lateral. Don Munio bebió un poco del brebaje que le preparaban a modo de medicina contra los nervios y que se acababa de servir en una copa de plata. Deglutió los primeros tragos con dificultad, notando al instante como una delicada calidez se extendía desde su estómago hacia el resto del cuerpo. Enseguida la calma artificial lo incitó a levantarse del sillón, casi trono, y asomarse a una de las ventanas que daban a la calle.

Que un monje, o un bandido que se hacía pasar por tal, según Roldán, hubiese entrado en la casa, amenazado a una criada y a continuación la hubiera violado salvajemente en el corral, no era lo que esperaba encontrar a su vuelta. La víctima podía haber sido su sobrina; en justicia debía de haber sido ella, pues quien sino había metido a aquel hombre en la casa y había yacido con él, le había enseñado la disposición del edificio, sus entradas, sus salidas y claro, sus defensas.

Estaba indignado, pero como hombre justo que era sabía que tampoco podía pedirle más a Roldán, él no era capitán de la guardia ni mucho menos, sólo un suboficial sin demasiadas luces. En la calle apenas dormitaba un perro con la piel pegada a las costillas y un grupo de golfetes corría de una punta a otra, apedreando a algo o alguien tras la esquina del norte. Los cánticos de las criadas de la corte vecina, preparando la mesa, le hicieron sonreír. Agobiado por el calor reinante del mediodía, se descubrió la cabeza y se mesó los cabellos, una buena mata de pelo oscuro de la que podía sentirse muy orgulloso. Se abrió la túnica de seda y se desabrochó un poco la camisa de lino, dejando el inicio del torso al aire. La mano que no sostenía el sombrero acarició la pequeña cruz de plata que llevaba engarzada en un fino cordón del mismo metal. Las arrugas que surcaban su frente se hicieron más profundas, hundidas por la preocupación.

—Me parece que Dios debe estar mirando hacia otro lado —masculló para sí.

En Lugo estaba reunida la Corte, haciendo como que no pasaba nada, pero aterrorizados por la venida de Almanzor. Don Munio era de los más asustados nobles que habían acudido a la llamada del rey. Sus arcas eran incapaces de soportar un nuevo ataque, nuevos tributos, ni su salud tampoco era la más adecuada para cabalgar espada en ristre. Su mujer, sus hijas y su sobrina ya le causaban más que suficientes fatigas y dolores. Si no tuviera tanto miedo a la muerte, se arrojaría el primero al campo de batalla con tal de no volver a oír a las hembras de su familia. La peor de todas, Inés. Más de una vez se había planteado encerrarla en un convento, y si no lo había hecho ya era por sacar algún provecho de su belleza, pues era mucho más atractiva que cualquiera de sus hijas. Lamentablemente, también era más indisciplinada, así que estaba decidido a llevársela a Lugo para casarla con el primero que estuviera dispuesto a aceptarla, sin importar la cuantía de la dote.

Doña Inés se presentó ante su tío en cuanto fue informada de la violación. Corrió a abrazarlo, un poco asustada, etérea bajo una saya de seda y lino. Su tío apenas se conmovió. La acusó de meter a un criminal en su propio hogar y le habló de sus inminentes planes de boda. Inés, confusa, no parecía entender a qué se refería don Munio hasta que este compartió las sospechas de Roldán, y acusó a fray Cebrián de forzar a la criada. La sobrina puso el grito en el cielo, asombrada de que fuese acusado de tan vil acto un amigo suyo, un ser noble y culto, según sus propias palabras. Tanto fervor ponía en sus palabras la chica que logró hacer dudar al conde de la culpabilidad del citado monje. A fin de cuentas, sólo contaba con la acusación de un celoso Roldán. De todas formas, no se dejó convencer del todo —no olvidaba que el misterioso cenobita había abandonado el monasterio de San Andrés de un modo un tanto precipitado y secreto— por lo que prefirió esperar. Si ese fray Cebrián no tenía nada que ocultar, aparecería y se presentaría ante él para explicarse. Inés le contó entonces que se había marchado hacia Lugo, lo cual le vino como caído del cielo a don Munio para anunciarle su pronta marcha hacia esta villa.

—Si está en Lugo, lo encontraremos y podremos interrogarle —declaró el conde.

—Me parece mentira que os hayáis tomado en serio las denuncias de ese insensato de Roldán. Si él hubiera estado en su puesto de guardia, seguro que no habríamos padecido esta afrenta, pero se ve que le interesa más velar por las tinajas de vino que por la defensa de vuestra casa, y encima, vierte su culpabilidad sobre un inocente sin más delito que ser amigo mío. Si lo conocierais, tío, veríais como fray Cebrián es hombre culto, letrado y gran viajero. Sus historias son dignas de entretener a un rey.

No quiso Munio Fernández debatir más acerca del asunto. Ordenó a su sobrina que preparase el equipaje y que les tuvieran listas las provisiones para el camino y regresó a su ventana y su copa de elixir tranquilizante. Apuró dos copas más antes de dejarse llevar por el sueño, acurrucado en el sillón.

En las calles de Astorga, Roldán y media docena de hombres registraban tabernas e iglesias con idéntica furia, furia que había contagiado el criado al resto. En el monasterio de San Andrés no supieron decirles más que, exceptuando su montura que no se había movido del establo, tanto el hermano Cebrián como sus pertenencias se habían desvanecido con el canto del gallo. Interrogaron a todo aquel que podía haberlo visto desde entonces, con mejores o peores modos, y siempre con el mismo estéril resultado. Más tarde, cuando regresó al Palatium, se sintió como un imbécil al enterarse de la posible marcha del falso monje a Lugo. Para colmo de males él no había sido incluido entre el séquito que acompañaría la marcha de Inés y el conde. Debía quedarse y seguir buscando. Y por si todo esto fuera poco, tuvo que soportar las miradas inyectadas en sangre de la mujer, además de algún hiriente comentario. De esta forma, mientras en la casa se disponía todo para las próximas tres jornadas de viaje hasta la villa gallega, Roldán se desesperaba ante su odiosa situación. Apenas probó el caldo, la carne y el pedazo de pan de centeno que le habían preparado en la cocina. Tampoco cató el vino ni el agua, como si la rabia le hubiera cerrado el estómago. No tenía más pensamiento que atrapar a ese Cebrián, destriparlo como un cerdo y luego llevarle la cabeza a doña Inés y arrojársela a los pies con todo el odio que fuese capaz de generar.

Echó cuentas, y si había abandonado Astorga de madrugada, y a pie, era muy difícil que lograra alcanzar la comarca del Bierzo antes del anochecer. Aunque abundaban las pequeñas aldeas a lo largo del trayecto, imaginó que el criminal evitaría en lo máximo posible ser visto. Así que, decidido a salvaguardar su honor y darle una lección a aquella presuntuosa hembra, montó en su caballo, y se precipitó al exterior, galopando desaforadamente, saboreando ya, con los dientes apretados y la espada ansiosa de acción, su venganza. Desde la ventana del salón, el conde Munio lo vio partir, levantando estelas de polvo bajo el estruendo de los cascos. Negó con la cabeza, discrepando consigo mismo. Estaba convencido de que no podía esperarse mucho de la iniciativa personal de su soldado, pero ansiaba equivocarse.

—Tío, vuestros invitados esperan —anunció Inés a sus espaldas. Como no vio señales de haber sido oída, insistió una vez más y luego le preguntó qué ocurría. Munio no apartaba la vista del perro huesudo, que alzó el hocico hacia él, mirándolo con sus profundos ojos negros, para a continuación bajar la vista, bostezar y seguir sesteando. Don Munio se sintió inquieto, y este malestar se vio reforzado cuando se coló por el ventanal, rozando su oreja, un abejorro. El insecto sobrevoló el salón, dando dos vueltas completas, y escapó por la puerta, esquivando a doña Inés. Aquel era un mal presagio. El conde caminó hacia su sobrina con el zumbido todavía resonando en su oreja, sombrío, con la desagradable sensación de tener una bola de estopa en la garganta, seguro de que nunca más volverían a ver a Roldán con vida.

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