La Caza de la Serpiente: Capítulo 18

La Caza de la Serpiente: Capítulo 18

Una alta silueta se recortaba contra el horizonte. Por su actitud diríase que se trataba de una gran piedra, ya que no emitía sonido alguno, ni se movía, ni parecía sentir ninguna emoción. La última hora del día se estaba consumiendo, arrojando destellos anaranjados sobre la tierra y el cielo. El astro se retiraba sin que en apariencia le importase dejar a los hombres sumergidos en las tinieblas. Se podría entonces acusar al sol de cruel, de inhumano; sin embargo, pasado el periodo de oscuridad, volvería a extender la luz y con ella, la vida. Así funcionaba el mundo y así lo había entendido aquel individuo. Había un tiempo para la luz y otro para la oscuridad, un tiempo para la paz y otro para la guerra. Aquel era tiempo de guerra.

Detrás de él, el jaleo del campamento militar comenzaba a decaer, pues la marcha había sido dura. Más allá, Zamora también se echaba a dormir. El dueño de la silueta se giró y admiró la grandeza del paisaje. Aquellos ejércitos reunidos a las puertas de una villa rendida desde hacía una década simbolizaban poder, su poder. El que empezara como escribiente público instalado en un tenderete, alquilando su pluma a cualquier potentado, había ascendido hasta tal punto que podía encarar al sol sin inmutarse, aun cuando fuera en el instante en que el rey del cielo menos fuerza tenía. Él era Muhammad ben Abi Amir, autonombrado al-Mansurbillah, el victorioso por Alah, gobernador del califato y artífice de su mayor grandeza, el hombre que había reorganizado el ejército, liquidado las disensiones internas y emprendido una general y permanente ofensiva contra los cristianos.

Habiendo partido de Córdoba el último día del mes de Chumada, el segundo del año 387 de la Hégira. Tras diez jornadas de viaje, dejando atrás la plaza de Coria, habían llegado Almanzor y sus escuadrones a Zamora. Todos los condes y señores cristianos de aquellas comarcas, más vasallos que aliados suyos, acudieron a darle la bienvenida y a recibir sus órdenes. Los sorprendidos fueron ellos al tropezarse con la pompa y magnificencia de Córdoba trasladada al campamento del caudillo, demostrando con ello a todo el que quisiera verlo quién era el dueño de la tierra que pisaba. Y confirmó su superioridad en todos los aspectos cuando los magnates vieron que los esperaba sentado en una humilde banqueta de madera.

No hubo discusión en el transcurso de la cena que el amirita había dispuesto, anfitrión en la casa de otros; con su habitual calma, les fue desgranando parte de su plan. Esperaría en la villa hasta que la flota del Albarbe, que había salido de Cassr Ibn Abi Danés para entrar por el Duero, echase anclas en el punto acordado, junto al castillo de CastelMelhor. Sumados a las fuerzas que traía consigo, destacando los importantes contingentes de mercenarios berberiscos, además de la milicia catalana, la tropa cristiana serviría de guía por Galicia y recibirían su correspondiente parte del botín. Únicamente los escuchó murmurar cuando anunció su destino final: Santiago.

Acabado el ágape, los condes se retiraron a sus cortes y Muhammad se fue a contemplar la puesta de sol. En su palacio de Madinat al-Zahra, el califa omeya Hisham II permanecería más atento a sus vicios y perversiones que a la yihad de su general. Almanzor se sentía un poco culpable, ya que había sido él quien le incitase hacia el abismo de la apatía y la depravación moral. Y por esta misma razón, la que otrora fuera su amante, la madre del califa, la princesa Subh, le odiaba a muerte. Pero todo esto carecía ya de importancia; formaba parte del precio que había tenido que pagar para alzarse con el mando de Al-Andalus. Una gota en un océano de incontables muertes e intrigas, en las que se había mezclado, dejándose mucho más que el pellejo para lograr establecer un gobierno sólido y duradero que heredaría a su debido tiempo su hijo Abdalmalik. Él era consciente de ser el más grande de su tiempo; sus campañas eran objeto de cantares y poemas, y por cierto que ya tenía ganas de ver qué contarían a su regreso sus sabios y consejeros en el alcázar. En conclusión, no había quien le plantase cara en toda la península, había arrasado Castilla, León, la Marca Superior... Todo a mayor gloria suya y de Alah.

Desaparecido el sol, tomó una antorcha y recorrió el campamento a pie, saludando de camino a su tienda a los soldados, reconociendo a muchos por su nombre gracias a su prodigiosa memoria. De vez en cuando, se detenía con algún viejo conocido, le palmeaba en la espalda y le recordaba el banquete con el que festejaron la toma de Barcelona o la destrucción de la plaza de Coimbra; éstos le respondían elevando las espadas al cielo y le prometían que tendría en su colección el polvo del campo de batalla de Santiago. A al-Mansur le gustaba el trato personal con la tropa, sabía que aquella proximidad los hacía más fieles y feroces en la lucha, porque no era lo mismo defender a un príncipe sentado en su fortaleza que a un hombre que caminaba como ellos. Él mimaba su infantería, su caballería, su cuerpo de arqueros y zapadores; a todos los obsequiaba con grandes homenajes tras la contienda y repartía con ellos lo capturado. Y cada mañana, en la oración, junto al «no hay más dios que Alah y Mahoma es su profeta», pedía él la muerte en la Guerra Santa. Se aseguraba así que todos le seguirían hasta el Infierno.

Transcurrieron dos días en la más absoluta calma. Almanzor había enviado dos escuadrones a la villa de Viseo con orden de tomarla, arrasarla e incendiarla como era su costumbre, y aguardar allí la llegada de los condes vela-alaveses y el portocalense Fruela González. Se reunirían a continuación en Lamego, prosiguiendo juntos el camino hacia el norte, destruyendo todo enclave cristiano que hallasen. Cuando un mensajero informó de que la flota ya había arribado a la prevista orilla izquierda del Duero, se levantó el campamento y partieron siguiendo el curso del río. Todo marchaba según lo previsto, como siempre.  

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