La Caza de la Serpiente: Capítulo 20

La Caza de la Serpiente Capítulo 20

Ah, qué bien se está en este cuarto, después de dormir a pierna suelta durante dos días seguidos. Las sábanas perfumadas de espliego y manzanilla son realmente embriagadoras, ayudan a encontrar el buen sueño, a descansar cuerpo y mente. Más tarde se filtrará por debajo de la puerta el olor de los pucheros, más seductor si cabe. La pequeña Limía prepara un reconstituyente a base de hojas y miel de brezo que es una delicia y encima funciona. Tras las duras jornadas cruzando el valle del Bierzo siento renovadas mis fuerzas. Por cierto, que me ha prometido un estofado de jabalí con esa rica miel que debe ser pecado mortal. Me encanta esta chiquilla. Como casi todos en esta parte del mundo, sirve junto a su hermano mayor a un obispo al que nunca han visto, encargándose de buena parte de sus viñedos. El hermano, por suerte para mí, se halla de viaje y yo he venido a ocupar su sitio, por el momento. Ella nunca ha salido de Lugo y arde en deseos de conocer otras tierras; sabiendo esto, nuestra plática suele derivar hacia mi viaje desde Astorga, y la narración de tan breve trayecto la llena de satisfacción. ¿Pero quién puede acordarse de las ermitas del camino, los frondosos parajes de la comarca, la terrible noche que me dio un encelado oso pardo en la vega del Valcarce cuando se está ante un guiso humeante? De todas formas no puedo negarme, es mi forma de pagar sus atenciones.

No creo que sea falsa modestia decir que no tuve que hacer mucho para conquistarla. Por supuesto que, de haber estado su hermano en la villa, ni siquiera habría reparado en ella, pero no había sido el caso. Un hábil combinado de seducción y compasión y listo. Encontré lo que buscaba y aún más, pues su habilidad entre fogones fue una grata sorpresa. También me impresionó la casa, que no era la típica construcción estrecha y lúgubre, sino que gozaba de dos luminosos cuartos, el dormitorio y el salón, en el que dormía ella por tener yo ocupado el otro.

Estoy muy contento. Lugo, a pesar de su pobreza, es una gran villa, recogida entre sus grandes murallas de siete siglos de antigüedad y ochenta y tantas torres de planta semicircular. No es de extrañar que el rey la haya elegido para esconderse de los moros. Ahora mismo sus callejones bullen de actividad, pues acoge a todos los miembros del Palatium y más que están por llegar; eso sin haberse llegado a convocar la curia plena. Para demostrar hasta dónde llega el grado de preocupación de los señores cristianos ante el avance de Almanzor, baste decir que incluso ha acudido el señor de Castilla. No podía esperar mejor público para mi última transformación. Esta vez el proceso será más lento a la par que indoloro, casi sin darme cuenta, iré librándome de la piel muerta e irá aflorando la definitiva, y veré en el reflejo que me devuelvan las aguas del Miño mi auténtico rostro. Los señores de la tierra y el cielo darán testimonio de ello, convirtiéndome en parte de la historia del mundo; de este modo alcanzaré definitivamente la inmortalidad y será el Notario del rey, el buen Sampiro, el que concluya mi crónica. Voy contando los días.

Es interesante señalar que ya no escucho una multitud de voces en mi interior, sino una sola, compendio de todas, y que parece dispuesta a devolverme mis recuerdos. Mis vidas anteriores se van hilvanando para formar una sola conciencia, la mía. Estoy renaciendo. Me pregunto qué me deparará el Señor. No planifico nada, sino que espero pacientemente su señal. Hasta entonces, o hasta el regreso del hombre de la casa, lo que ocurra primero, permaneceré aquí. El hermano de la chica no aparecerá hasta el sábado o el domingo, eso es casi una semana, y es que no son buenos tiempos para dejar a las hermanas vírgenes solas, con los bereberes acechando tras las piedras de pizarra de los muros. Limía es una niña en realidad, aunque ya en edad de criar. Ya lo estaría haciendo de no ser por el gran inconveniente de su orfandad. De todas formas, según me ha contado, no tardarán en casarla. El viaje de su hermano, en parte, tiene por objeto buscarle un pretendiente. No es tarea agradable para él, imagino que será porque no querrá compartir sus espléndidos guisos. Pero el matrimonio es inevitable, ya que el obispo les permitió heredar la tierra de sus padres bajo la condición de que uno de los dos debía casarse en menos de un año.

Día cuatro. Dado que Lugo es una ciudad tomada, es inevitable al pasear no tropezar con soldados. Me distrae escuchar sus conversaciones, tan mundanas como las de cualquier labriego o incluso más. Ninguno es consciente de lo que sucede más allá de sus narices, ni tan siquiera los pocos que discuten de religión entienden el significado de Dios. Me tienta la idea de acercarme y arrojar un poco de luz sobre sus tinieblas mentales, adoctrinarlos. Parece mentira que estos hombres se consideren preparados para morir en batalla, si su ignorancia sólo los hace hábiles para la carroña. Para colmo, el ruido de los cascos de los caballos sobre el empedrado es ensordecedor, y con tanto milites inquieto no es extraño acabar con los oídos doloridos. Por cierto, que me ha parecido ver a una mujer que me resultaba familiar. ¿Doña Inés? Es posible, e irónico, pues uno de los diálogos de la soldadesca que he captado se refería a la inminente llegada de una caravana de prostitutas, que las furcias locales ya no daban abasto con tanto guerrero ardoroso.

He observado el paganismo de Limía, que cree leer el destino en unas piedras que esconde celosamente. No es un comportamiento exclusivo de ella, al parecer es un culto habitual en la comarca, a pesar de la oposición eclesiástica a tales credos. La niña no concibe estos problemas de concordancia, pues al interrogarle sobre ello me contestó que la tirada de piedras era otra forma de comunicarse con Dios. En cierto modo, la comprendo, ¿por qué iban a tener los santos obispos la exclusividad de la comunicación divina? Le pedí una de las piedras para observarla mejor y me la prestó tras una pequeña deliberación. No encontré nada en ella que determinase su poder. Se asemejaba a una minúscula teja, achatada por los flancos y de suave superficie. ¿Por qué éste y no otro guijarro? Limía me preguntó si quería saber mi futuro. Le contesté que ya lo conocía, y para demostrárselo tizné una de las caras de la piedra y la arrojé al aire pronosticando que caería del lado manchado. En efecto, acerté. Limía me miró con ojos llenos de admiración y me desafió a repetirlo. Lo hice hasta tres veces y nunca me equivoqué. Asusta un poco el modo en que controlo mi destino.

Día seis. El hermano debe llegar esta noche, así que me tengo que ir. Me despido de Limía con gran dolor de corazón. Rechazo sus disparatadas proposiciones y la convenzo de que no tengo más remedio que marcharme de su casa. Le ofrezco un beso en los labios que ella recoge con ansiedad de niña enamorada. La noche es cálida y acogedora como los brazos de una ramera. Fuera de las murallas se mantiene, pero en menor grado, el bullicio diurno. Me reúno con los acampados. No pruebo el alcohol, quiero conservar todas mis facultades plenas para sentir la Llamada.  

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