La Caza de la Serpiente: Capítulo 24

La Caza de la Serpiente Capítulo 24

No sabía Míguez lo que se le venía encima. Como todas las mañanas desde que se convocara la Curia Regia, llevaba tres caballos de su señor a lavar al río. Al ser un criado no le estaba permitido montar los animales, por lo que caminaba llevando de las riendas un espléndido bretón bayo, otro zaíno y un ruano bebeblanco. En la otra mano sostenía un cubo con un cepillo y un poco de jabón. Gustaba su señor de ver a sus bestias impolutas y no por capricho. Buena parte de sus ingresos provenía del comercio con ganado caballar; sus cuadras eran de gran prestigio entre los nobles cristianos, y en aquellos tiempos de guerra, uno de sus equinos podía alcanzar un más que considerable precio en el mercado. Por ello trataba de que su aspecto fuera perfecto. Era Míguez el encargado de procurarles tales atenciones. Al igual que el amo, el mozo también quería prosperar; y para ello, el camino más rápido y sencillo era convertirse en caballero. En secreto y poco a poco, había ido aprendiendo el arte de la monta, aunque fuera sin aperos, y del mismo modo practicaba en solitario la lucha con espada, imitando con una estaca los ejercicios que veía hacer a los hombres de la guardia. Sabía de un claro en la orilla del río, protegido de ojos chismosos por un frondoso muro de alisos, y a él se dirigía jornada tras jornada para entrenarse. Tras una breve galopada siguiendo la linde del Miño, lavaba los caballos y se batía en duelo con el tronco de un árbol. No fue así aquel día, pues en medio de una de sus aguerridas cabriolas tropezó con la mirada divertida de un soldado de verdad. Míguez, descamisado y esgrimiendo la estaca, quedó paralizado de horror y vergüenza.

Pero el extraño, sin perder la sonrisa, se acercó socarronamente a él, le arrebató el palo de las manos y le entregó a cambio su propia espada. Demuéstrame lo que sabes, le incitó. El chaval, viendo la oportunidad que el destino le brindaba, se lanzó al ataque sin contemplaciones. Lanzó ciento y una estocadas que el otro no le devolvió, se limitó a detenerlas o evitarlas, y con cada embate se le iba yendo el resuello. Entonces, cuando la espada parecía pesarle tres veces más, la estaca —ejerciendo de garrote— le alcanzó en la nuca y le dejó sin sentido. Cesar ya tenía montura. Sobra decir que su siguiente objetivo era don Xoan Flaínez.

Entró en Lugo a caballo, seguido de un Míguez amordazado, atado de pies a cabeza, con la espalda entablillada para poder cabalgar y oculto bajo una túnica con capucha. El noble gallego se asombró al verlos a las puertas de sus establos, cuando salía de paseo en su corcel; por cierto, diferente al del día anterior. Le reconoció a él y reconoció a los caballos, y le impresionó que bestias de alto abolengo pudieran ser de su propiedad. Su primer pensamiento fue que venía a reclamarle la recompensa. Era inquietante aquel encuentro, como lo era el compañero que, embozado, parecía dormitar sobre la grupa. Sabía que había algo raro en ellos pero no lograba decir qué. Apenas logró proferir un par de frases cordiales. La tercera murió en su boca sin llegar a ser articulada al ver cómo el hombre que el día anterior le socorriera, sacaba de un sucio hatillo un madero y se lo mostraba orgulloso. Confuso, Xoan Flaínez de Viladonga se acercó para observar el palo más de cerca, creyendo distinguir en él una mancha de sangre. Un parpadeo antes de que su cabeza fuera sacudida como unos címbalos y un opaco telón velase sus ojos, acertó a descubrir qué tenían de especial los misteriosos jinetes: ambos montaban sin silla. Luego, en un recodo oscuro y discreto, recibió idéntico trato de cuerdas, bozal y caperuza que el mancebo, pasando a formar parte del séquito de Cesar.

Cuando los dos prisioneros recuperaron la consciencia, compartían además de un intenso dolor que les atravesaba el cráneo de parte a parte como una daga al rojo vivo, la mareante sensación de ser llevado a la deriva por corrientes submarinas. Don Xoan necesitó de mucha voluntad para evitar la arcada, más que nada porque su mordaza le hubiera obligado a tragarse sus revueltos jugos gástricos. El ácido vómito que le trepaba al paladar le ayudó a despejarse, con lo que pudo ver que avanzaban a campo traviesa con paso lento. Ascendían un monte casi impenetrable, de una vegetación tan espesa que apenas dejaba pasar el aire. Su raptor, a pie, guiaba la expedición. Se desplazaban con cuidado, serpenteando entre la flora, imaginó el gallego que para dejar el menor rastro posible. Por la misma razón, reparó, los cascos de los caballos habían sido vendados. Míguez estaba simplemente aterrorizado. Se lo había hecho todo encima, por lo que su marcha no era muy agradable. Al animal tampoco le seducía la idea de soportar una carga como aquella, y de vez en cuando relinchaba con furia —su severo adiestramiento no le permitía otra forma de protesta—. De repente se le habían venido a la cabeza todas las historias de brujas, duendes y demonios que le contara su madre hasta no hacía mucho y de las que siempre se había burlado, así que escarbó desesperadamente en su memoria en busca de las invocaciones y rezos apropiados. En vano, pues aunque hubiera podido recordarlos, el que iba en cabeza era inmune a las oraciones.

Se detuvieron tras un impreciso lapso de tiempo. Cesar se dirigió a sus prisioneros con enigmáticas palabras y los ayudó a desmontar. Metódicamente, los liberó de parte de sus ligaduras y del fastidioso tablón que los había mantenido verticales en las grupas, y ayudándose del poder disuasorio de la afilada hoja en la garganta los despojó de sus vestiduras dejándoles sólo con la túnica. Luego los ató a un árbol, empapó los pañuelos que taponaban sus bocas con agua, guardó toda la ropa, incluido los pestilentes calzones de Míguez en un saco, y desapareció. Todo quedó sumergido en un silencio que no era tal, sino un apacible rumor polifónico, como la respiración de un animal en letargo. Los prisioneros abrazaban el tronco en posiciones opuestas, intercambiándose la visión de sus manos y pies. El mozo de cuadra estaba más tranquilo, quizá porque su capacidad para asustarse se había agotado, o porque había reconocido al noble y entendía que él era un mero comparsa en aquel rapto. Él estaba allí por los caballos, y dado que el criminal ya los tenía, tenía que eliminarle o dejarle ir. Míguez estaba seguro de que sucedería lo segundo, ya que si hubiera querido matarlo lo habría hecho en el río, y no había sido así. Sólo tenía que esperar a que el otro se considerase a salvo y entonces recobraría la libertad. Sus reflexiones con lo que pasaría después le distrajeron de su actual estado. Don Xoan exprimía el trapo con los dientes, saboreando el agua sucia que bajaba por su garganta.

En la villa se tenía el presentimiento de que algo malo su- cedía. En casa de los condes de Viladonga se preocupaban ante la tardanza del primogénito, creyéndolo ya víctima de otro accidente como el del día anterior. Su padre lo mandó buscar, pero nadie parecía haberlo visto en toda la jornada. Semejante misterio aumentó el desasosiego en el seno familiar. Las noticias que llegaban al patriarca no acababan de debilitar la esperanza de que su hijo no tardaría en aparecer mascullando una estúpida excusa. Ocultó discretamente la desaparición al resto de potentados, en especial al conde de Astorga, y prosiguió enviando a sus hombres de confianza a registrar la ciudad y los alrededores más inmediatos. La corte donde servía Míguez también era una vorágine de nerviosismo. También se le buscaba, aunque con intenciones menos saludables. A decir verdad, toda la agitación que se respiraba en su casa se debía al incierto paradero de los animales y no al del chico. En ambos casos, se habían hecho invisibles entre cientos de ojos de supuestos vigilantes. Mientras tanto, la jornada decaía lánguidamente, trayendo a las espaldas las siempre peligrosas horas nocturnas. En otro edificio, don Munio Fernández compartía en su sillón una oscura corazonada con su aguardiente.

La confirmación de las peores sospechas llegó al final del día siguiente, cuando se olvidaron recelos y vergüenzas y se reunieron todas las piezas. La mañana empezó con la aparición del tercer jamelgo de Míguez atado en el recóndito claro del río. A las muchas preguntas que surgieron en aquel momento pudieron darles respuesta más tarde unos criados que conocían el secreto del mozo, lo que provocó que de incompetente pasase a ser considerado un criminal, huido de sus deberes y obligaciones, además de ladrón de caballos; por todo esto fue inmediatamente denunciado ante las autoridades, que dictaron la orden de busca y captura. Por su parte, los de Viladonga encontraron por fin varios testigos que aseguraron haber visto a tres jinetes desconocidos abandonar Lugo a última hora de la tarde; dos de las bestias que montaban fueron identificadas como los caballos robados del señor de Míguez, y la tercera montura bien podía ser la de don Xoan. Cuando esta información llegó a oídos del conde don Flaín de Viladonga, acudió enseguida a casa del otro afectado para compartir impresiones e información y aunar esfuerzos para recuperar lo sustraído. La cuestión de la identidad del tercer jinete fue resuelta aún antes de que los nobles la hubieran formulado en voz alta. Un castellano —que se presentó sin que nadie le hubiera llamado, pergeñado para la batalla—, les habló largo y tendido acerca de un peligroso homicida al que iba dando caza y que era el más que presumible autor del robo y del rapto. Aunque el señor de Míguez, digamos ya que se llamaba don Suorio Piñeiro de Boimente, no se dejó convencer de la inocencia de su criado, estuvo de acuerdo en que se organizasen diferentes batidas por toda la comarca. Nuño de Oca logró autorización para dirigir una de ellas, y como si supiese algo que ignorasen todos los demás, él y media docena de sus compañeros salieron al amanecer hacia el oeste, hacia la sierra da Serpe, con órdenes de traerlos a todos con vida. Nuño seguía una corazonada, metido más en la mente del criminal que en la suya propia. Para él, sólo era cuestión de tiempo que matase a Xoan y Míguez, y si los había raptado era para hacerlo más siniestro y macabro, jugar con ellos, para poder inflingirles una inimaginable cantidad de dolor. Se estremeció al pensar en lo poderoso que debía sentirse el homicida. Supuraba cólera; era su oportunidad de atraparlo y no podía desaprovecharla.

No andaba desencaminado Nuño, pero en realidad se estaba desviando de la ruta trazada por su enemigo, la cual no era hacia la dorsal occidental que separa la cuenca del Tambre y Ulla de la del Miño, sino más hacia el sur y con destino a Palas de Rei. Quien sí lo pensó, o quiso el azar guiarlos hasta allí, fue un grupo de malencarados peones de Piñeiro, ansiosos de violencia y de hacerse valer ante su amo. Cuatro días después de su partida de Lugo, con un ajetreado viaje de por medio que incluía torrenciales lluvias, ya en la comarca de A Ulloa, y habiendo sobrepasado Portomarín, el que marchaba por delante a modo de avanzadilla, detectó un jinete y tres caballos, dos de los cuales le resultaron terriblemente familiares. Seguros de verse ante el raptor, se detuvieron a considerar las opciones de su siguiente actuación; podían seguir al jinete hasta su escondrijo —donde con toda seguridad mantenía prisioneros al primogénito de Viladonga y al muchacho—; o podían emboscarle y sonsacarle a palos dónde estaban los prisioneros. O incluso sin tenderle una trampa.

Lo mejor a veces es lo más sencillo, y en este caso hablaban de un ataque directo y frontal; a fin de cuentas ¿qué podía hacer un hombre sólo contra seis? No quisiera decir que Nuño, de haber estado en su lugar, no hubiera tomado la misma decisión, pero con toda seguridad los resultados habrían sido muy distintos. Espada y hachas en ristre, adelantándole la mitad de la cuadrilla, y el resto acechando a sus espaldas, en un tramo del camino se lanzaron al asalto, vanguardia y retaguardia como un solo cuerpo dispuesto a aplastar al adversario. Poca discreción llevaban, como escasa era su atención, pues guerrero más experimentado hubiera advertido que los equinos más preciados le cubrían frente y espalda, y azuzados por un Cesar cabalgador del rocín de don Xoan, arremetieron al galope contra sus presuntos salvadores.

Chocaron bestias y personas, con más fogosidad de la prevista, y hasta el homicida perdió su sitio en la silla y salió despedido como los demás. Los chasquidos de los huesos restallaron en el aire como cientos de manojos de sarmientos secos al quebrarse; le siguió el sordo sonido de cuerpos fláccidos arrastrándose por el suelo, el desgarro del pellejo y las respiraciones entrecortadas. Un hombre se levanta, se aleja a cojitranca carrera y se pierde en la inmensidad vegetal del bosque. Cesar ha perdido los caballos, pero ¿no era ése su plan?

Regresó a pie a su cueva. Dos prisioneros desnutridos le oyeron llegar, deduciendo enseguida que algo raro había pasado. Cesar se arrastró hasta los yertos residuos de la hoguera que los había reconfortado la pasada noche, a los pies de la inmovilizada pareja. Se desnudó para curarse las heridas abiertas, ninguna más allá de la levedad. No tenían nada para comer, así que tras ofrecerles un poco de agua les recomendó dormir, dicho lo cual se recostó en un rincón y comenzó a roncar suavemente. Xoan Flaínez estaba muy débil, hambriento y con la piel cubierta de llagas producidas por las ligaduras. Míguez no se encontraba en mejor estado, pasaba la mayor parte del tiempo dormido, sin saber cuándo era día y cuándo noche, ya que a la gruta no llegaba la luz del sol. La hambruna, la desorientación, la forzada parálisis y el mutismo empezaban a destruir su joven mente, retrayéndose poco a poco a la primera infancia. Transcurrieron dos jornadas más de idéntica e insustancial rutina. Comieron raíces y unos pájaros, volvió a llover; Míguez parecía estar a punto de morirse y Xoan pedía la muerte en sus oraciones y tenía los ojos secos de lágrimas. Las constantes ausencias de Cesar les perturbaban, casi preferían su compañía. Empezaban a delirar y las horribles criaturas de sus pesadillas desaparecían ante la presencia de su raptor; y cuándo éste traía comida les parecía la mejor de las personas, casi un santo. La situación podía prolongarse hasta el infinito, pero Cesar ya había tomado una decisión. Llegado el momento, los despertó de su reiterado sueño, les quitó las mordazas y al tiempo que una antorcha desdibujaba su rostro, les susurró lo siguiente:

—Amigos, tengo algo muy importante que comunicaros. Os van a encontrar muy pronto...  

Capítulos anteriores:

Licencia: 
Creative Commons Licence

Añadir nuevo comentario